“¿De qué erudito estás hablando? ¿Te refieres a un maestro?”
—Bueno, pues entonces, maestro, viene a ser lo mismo. La forma en que ha educado a esos mocosos —te lo digo yo— es fantástica. Es un soldado. Los azota sin piedad, pero, por otra parte, los tiene bien adiestrados en todo tipo de cosas. A Tijón Ílich y a mí se no ocurrió pasar un día por allí, y ¡a que no saltaron todos de golpe y ladraron: «¡Les deseamos salud!», exactamente igual que si fueran soldados!
Y una vez más Kuzma rompió a reír.
Pero cuando hubo pasado la era, descendido por el camino defectuoso junto al huerto de cerezos y doblado a la izquierda, hacia el largo corral, bañado en sol, bien seco y de tonos dorados, su corazón comenzó en verdad a latir con violencia. Aquí estaba, al fin, en casa. Y al subir al porche y cruzar el umbral, Kuzma dejó escapar un suspiro y, santigüandose la frente y el pecho, hizo una reverencia profunda ante el oscuro icono en la esquina de la antesala. …
Y durante mucho tiempo no le importó si el pueblo ruso tenía futuro o no. Vagaba por la finca señorial, por el pueblo; se sentaba durante horas en los umbrales de las isbas, en las eras, observando a los habitantes de Durnovka, disfrutando de la posibilidad de respirar aire puro, de charlar con sus nuevos vecinos.