lo más mínimo. Yo administraré la finca fielmente, pero se lo digo a cal y canto: no voy a esquilmar a la gente.
—De todos modos, eso no se puede hacer en este momento —suspiró Tijón Ílich.
“Bueno, los tiempos son los mismos de siempre. Todavía es posible estafar a la gente. Llevaré mi administración como se debe, pero mi tiempo libre lo dedicaré al desarrollo personal. Es decir, a la lectura”.
—Ojy, ten en cuenta: ¡Demasiado hurgar en los libros es malo para el hurgador! —dijo Tijón Ílich, moviendo la cabeza y haciendo una mueca—. Sin embargo, ese no es asunto nuestro.
—Pues yo no lo veo así —replicó Kuzma—. Yo, hermano... ¿cómo te diría?, soy una extraña clase de ruso.
—Yo mismo soy un hombre ruso, téngalo presente —terció Tijón Ílich.
—Pero de otra clase. No quiero decir que yo sea mejor que usted, sino que... soy distinto. Vea, usted, por lo que veo, se enorgullece de ser ruso, ¡mientras que yo, hermano, uf!, ¡estoy muy lejos de ser un eslabófilo! No conviene hablar de más, pero una cosa diré: ¡por Dios, no presuma de ruso! Somos un pueblo incivilizado y sumamente informal; ni vela para Dios ni horca para el diablo. Pero ya lo discutiremos a su debido tiempo.
Tijón Ilich frunció las cejas y tamborileó en la mesa con los dedos.
—Es probable, sí —dijo, y llenó lentamente su vaso—. Somos gente salvaje. Una raza de chalados.
“Pues bien, y ese es precisamente el punto. Yo he, por decirlo así, recorrido bastante el mundo. Bueno, ¿y qué? En ninguna parte, absolutamente en ninguna, he visto tipos más aburridos y perezosos. Y los que no son perezosos” —aquí Kuzma lanzó una mirada de soslayo a