Kuzma pasó la tarde y la noche en el jardín, en el viejo baño. El mayoral, al llegar de los campos a caballo, había comentado con enojo que el jardín había sido «alquilado hacía mucho tiempo», y en respuesta a una solicitud de alojamiento para pasar la noche, había manifestado un insolente asombro.
«¡Vaya, pero si eres un tipo sensato! —había gritado, sin ton ni son—. ¡Una linda posta has venido a elegir! ¿Son muchos de tu calaña los que andan rondando por ahí en estos momentos?»
Pero al final se apiadó de Kuzma y le dio permiso para ir al baño. Kuzma liquidó a Menshoff y pasó por delante de la casa solariega hacia la puerta de la avenida de tilos.
A través de las ventanas abiertas y sin luz, desde más allá de las mosquiteras de alambre, tronaba un piano de cola, ahogado por una magnífica voz de barítono-tenor, alzada en intrincadas vocalizaciones que desentonaban por completo tanto con la tarde como con la mansión.
Por la arena fangosa de la avenida en pendiente, al final de la cual, como en el fin del mundo, el cielo surcado de nubes brillaba de un blanco apagado, avanzaba hacia Kuzma un campesino de aspecto desvalido, bajo de estatura, de pelo rojizo oscuro, la camisa desprovista de cinturón; iba sin gorra, calzaba botas pesadas y llevaba un cubo en la mano.
—¡Ojo, ojo! —dijo con burla, mientras escuchaba el canto mientras seguía caminando—. ¡Ojo, se trae un buen ritmo, que se le reviente la panza!
—¿Quién está dando la nota? —inquirió Kuzma.