Oscurecía, las espesas capas de nubes se tornaban azules y frías, y se sentía un dejo de invierno en el aire. El barro se iba congelando.
Una vez quitado de encima a Makarka, Tikhon Ílitch zapateó con sus pies congelados en el porche y entró a la casa. Allí, sin quitarse el abrigo ni la gorra, se sentó en una silla junto a la ventanita, se puso a fumar y volvió a sumirse en sus pensamientos.
Trajo a la memoria el verano, la rebelión, la Novia, su hermano, su esposa—y que, hasta el momento, no les había pagado a sus peones el trabajo de la temporada. Era su costumbre demorar el pago. Las muchachas y los niños que acudían a él por un jornal diario se quedaban días enteros en su umbral, se quejaban de su extrema necesidad, se encolerizaban, a veces hacían comentarios insolentes. Pero él era implacable. Gritaba y ponía a Dios por testigo de que solo tenía dos monedas en su casa. «¡Busquen y miren si encuentran alguna más!», y se volvía del revés los bolsillos y la cartera, y escupía con fingida ira, como si estuviera asombrado por la desconfianza, la «deshonestidad» de los suplicantes.
Pero ahora aquella costumbre le parecía lo contrario de lo bueno. Había sido implacablemente duro con su mujer, y frío, y un perfecto desconocido para ella hasta el punto de que, a veces, olvidaba por completo su existencia. Y ahora, de repente, esto le sorprendía: ¡sencillamente, Dios mío!, ¡si ni siquiera tenía la más remota idea de qué clase de persona era! Si ella muriera ese día, no sería capaz de decir dos palabras sobre por qué había vivido, qué había pensado, qué había sentido durante todos los largos años que había vivido con él, esos años que se habían fundido en un solo año y habían pasado volando en incesantes preocupaciones y zozobras.