El samovar hacía tiempo que se había enfriado, la vela se había consumido hasta la base, el humo pendía sobre la habitación en una opaca nube azul, el cubo de los desperdicios estaba lleno hasta el mismo borde con colillas mojadas y pestilentes. El ventilador —un tubo de hojalata en la esquina superior de la ventana— estaba abierto, y de vez en cuando salía de él un chirrido, un zumbido y un lamento terriblemente tedioso, exactamente igual al de las oficinas del distrito, se decía a sí mismo Tijón Ílich. Pero el humo era tan denso que ni diez ventiladores habrían servido de nada. La lluvia tamborileaba en el tejado y Kuzmá iba de un rincón a otro a grandes zancadas y hablaba:
—¡SÍ‑Í! ¡Un estado de cosas precioso, no hay quién lo niegue! ¡Indescriptible bondad! Si uno lee la historia, se le ponen los pelos de punta de horror: hermano contra hermano, pariente contra pariente, hijo contra padre; traición y asesinato, asesinato y traición.
Las leyendas épicas también son una auténtica delicia:
«se rajó el blanco pecho», «dejó caer sus entrañas sobre la tierra», «Ilya no perdonó a su propia hija; la pisó en el pie izquierdo y tiró del derecho».
¿Y las canciones? Lo mismo, siempre lo mismo: la madrastra es «malvada y codiciosa»; el suegro, «severo y pendenciero», se sienta en la tarima para dormir sobre la estufa, «como un perro atado»; la suegra, igualmente malvada, se sienta en la estufa «como una perra con cadena»; las cuñadas son invariablemente «perrillas y tramposas»; los cuñados son «burlistas maliciosos»;