El peón Koshel, por otro lado, era un hombre no carente de interés. No había nada de lo que uno pudiera hablar con él, y no era locuaz por naturaleza.
Como la mayoría de la gente de Durnovka, se limitaba a repetir apotegmas antiquizados e insignificantes, a reafirmar aquello que se sabía desde hacía muchos y largos años.
Si el tiempo empeoraba, echaba una mirada al cielo:
«El tiempo está descompuesto. Lo que más necesitan los sembrados en este preciso momento es lluvia».
Los campos eran arados por segunda vez, y él comentaba:
«Si no das una segunda reja te quedarás sin pan. Eso es lo que los viejos han dicho siempre».
Él había sido soldado en su juventud—había estado en el Cáucaso—, pero la vida militar no había dejado huella en él. Era incapaz de pronunciar correctamente la palabra «estafeta»: la llamaba «pestafeta». No sabía contar absolutamente nada del Cáucaso, a excepción del hecho de que allí las montañas se sucedían unas a otras y de que del suelo brotaban aguas extrañas y terriblemente calientes. Si uno ponía un trozo de cordero en ellas, se cocía en un minuto, y si no lo sacaba a su debido tiempo, volvía a quedarse crudo. Y no estaba ni lo más mínimo orgulloso de haber conocido el mundo; incluso trataba con desprecio a la gente que conocía mundo. Se entiende perfectamente que la gente solo «vaga por ahí» porque se ve obligada a hacerlo, o a causa de la pobreza. Jamás creyó ni un solo rumor—¡«puras mentiras!»—, pero sí creía, y lo juraba como un hecho, que no hace mucho una bruja había rodado en forma de rueda entre las sombras del crepúsculo cerca de Bázovka, y que un campesino, que no era ningún tonto, la había cogido y agarrado por esa rueda, y le había pasado el cinturón por el buje y lo había atado bien fuerte.