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nydus/The VillagePublic
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III. El promontorio y Durnovka

El peón Koshel, por otro lado, era un hombre no carente de interés. No había nada de lo que uno pudiera hablar con él, y no era locuaz por naturaleza.

Como la mayoría de la gente de Durnovka, se limitaba a repetir apotegmas antiquizados e insignificantes, a reafirmar aquello que se sabía desde hacía muchos y largos años.

Si el tiempo empeoraba, echaba una mirada al cielo:

«El tiempo está descompuesto. Lo que más necesitan los sembrados en este preciso momento es lluvia».

Los campos eran arados por segunda vez, y él comentaba:

«Si no das una segunda reja te quedarás sin pan. Eso es lo que los viejos han dicho siempre».

Él había sido soldado en su juventud⁠—había estado en el Cáucaso⁠—, pero la vida militar no había dejado huella en él. Era incapaz de pronunciar correctamente la palabra «estafeta»: la llamaba «pestafeta». No sabía contar absolutamente nada del Cáucaso, a excepción del hecho de que allí las montañas se sucedían unas a otras y de que del suelo brotaban aguas extrañas y terriblemente calientes. Si uno ponía un trozo de cordero en ellas, se cocía en un minuto, y si no lo sacaba a su debido tiempo, volvía a quedarse crudo. Y no estaba ni lo más mínimo orgulloso de haber conocido el mundo; incluso trataba con desprecio a la gente que conocía mundo. Se entiende perfectamente que la gente solo «vaga por ahí» porque se ve obligada a hacerlo, o a causa de la pobreza. Jamás creyó ni un solo rumor⁠—¡«puras mentiras!»⁠—, pero sí creía, y lo juraba como un hecho, que no hace mucho una bruja había rodado en forma de rueda entre las sombras del crepúsculo cerca de Bázovka, y que un campesino, que no era ningún tonto, la había cogido y agarrado por esa rueda, y le había pasado el cinturón por el buje y lo había atado bien fuerte.

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