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nydus/The VillagePublic
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VI

“Me estaba instando a contratar con él.”

—Así es. ¿No diste tu consentimiento?

“Más estúpido que él nunca he sido ni seré jamás, por los siglos de los siglos. ¿Acaso te imaginas que firmé el contrato con mi propia sangre?”

Y Syery se quedó allí sentado en el banco durante mucho tiempo, sin quitarse la gorra. Y la sola vista de su cabaña en la penumbra le encogía a uno el corazón.

En la penumbra, al otro lado de la ancha cañada cubierta de nieve, Durnovka yacía en una melancólica negrura, con sus pajares y arbustos en los corrales traseros.

Pero cuando la oscuridad cayó por completo y las lucecitas empezaron a parpadear, parecía como si todo fuera paz y comodidad en las cabañas. Tan solo la choza de Syery seguía desagradablemente negra. Era sorda, muerta.

Kuzma knew all about it: if you entered its half-open anteroom, you felt almost as if you were on the threshold of some wild beast’s lair.

There was an odour of snow; through the holes in the roof the gloomy sky was visible; the wind rustled the manure and the dry branches which had been tossed at haphazard upon the rafters; if, by feeling about, you found the slanting wall and opened door, you would encounter cold, darkness, a frost-covered little window barely discernible through the gloom.

No se veía a nadie, pero uno podía imaginarse cómo estaban las cosas: el amo de la casa estaba sentado en el banco⁠—su pipa brillaba con un diminuto fuego; el ama de casa mecía silenciosamente una cuna chirriante en la que un niño pálido, con raquitismo y adormecido por el hambre, se tambaleaba.

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