indudablemente en su interior. Cómo se había operado, él mismo ni siquiera intentaba definirlo. La vida durante esos tres años había sido demasiado anormal: la suya propia y la de la comunidad. Por supuesto, ya estando en Kiev había comprendido que no seguiría mucho tiempo con Kasatkin, y que por delante le aguardaban la pobreza, la pérdida hasta de la apariencia de hombría. Y así sucedió. Se las arregló para sobrevivir en otros dos empleos, pero bajo condiciones muy humillantes y opresivas: * eternamente medio borracho, * desaliñado, * con la voz ronca, * impregnado de arriba abajo por el tufo a tabaco barato y fuerte, * haciendo esfuerzos hercúleos para ocultar su ineptitud para los negocios. Luego cayó aún más bajo; regresó a su ciudad natal y agotó sus últimos kopeks; pasó las noches de todo el invierno en la sala común de la posada de Jodóf, y se pasó los días holgazaneando en la fonda de Avdéyev, en el Bazar de las Mujeres. De esos últimos kopeks, muchos se destinaron a un capricho estúpido: la publicación de un pequeño poemario, tras lo cual tuvo que deambular entre los parroquianos del establecimiento de Avdéyev y encajarles su
Pero ni siquiera eso era todo: ¡por poco se convierte en un bufo! Una vez, en una mañana soleada y helada, estaba de pie en el bazar, cerca de las tiendas de harina, y contemplaba a un mendigo descalzo que hacía payasadas ante el mercader Mozzhukin, quien había salido al umbral de su tienda.