«Bueno, tal vez Deniska no sea una gran
Koshel trajo de la oficina de correos un periódico de hacía casi seis semanas. Los días eran oscuros y con niebla, y Kuzma leía desde la mañana hasta la noche, sentado junto a la ventana.
Y cuando hubo terminado y se hubo mareado con el número de nuevas ejecuciones, quedó atónito.
Hasta entonces se había ahogado de rabia al leer los periódicos; rabia inútil, porque la receptividad humana era incapaces de asimilar lo que allí se leía. Ahora se le enfriaban los dedos, nada más.
Sí, sí, no había por qué exaltarse. Todo marchaba como si fuera según el programa. Todo encajaba a la perfección.
Alzó la cabeza: el aguanieve azotaba en blancas líneas oblicuas, cayendo sobre el negro y desgraciado pueblecito, sobre los caminos embarrados con sus montículos y hondonadas, sobre el estiércol de caballo, el hielo y los charcos de agua.
Una neblina crepuscular ocultaba la llanura infinita, todo aquel vasto espacio vacío con sus nieves, bosques, asentamientos, ciudades: el reino del frío y de la muerte.
—¡Avdotia! —gritó Kuzma, poniéndose de pie—. Dile a Koshel que enganche el caballo al trineo. Voy a casa de mi hermano...