«¡Ven aquí, Tisha, ven, querido muchacho!». Luego, de repente, lo agarraba
Si el buhonero Iliá Mirónov hubiera estado todavía vivo, Tijón Ílich lo habría mantenido por bondad, y no habría sabido nada de él, y apenas habría advertido su existencia.
Había ocurrido lo mismo con su madre. Pregúntele ahora: «¿Te acuerdas de tu madre?», y él respondería: «Recuerdo a una vieja torcida que secaba el estiércol y encendía la estufa, bebía a escondidas y se quejaba». Nada más.
Había servido cerca de diez años con Matorin, pero esa década se había fundido en cosa de un día o dos:
la fina lluvia de abril tamborileando y salpicando las hojas de hierro que, traqueteando y resonando, eran cargadas en un carro junto a la tienda vecina; un mediodía gris y helado, las palomas posándose en ruidosa bandada sobre la nieve junto a la tienda de otro vecino que comerciaba con harina, grano y salvado, apiñándose, arrullando y batiendo las alas, mientras él y su hermano azotaban con un rabo de buey una peonza que giraba en el umbral.
Matorin era joven, entonces, y robusto, y de tez rojo violácea, con la barbilla bien afeitada y patillas rubias recortadas hasta la mitad. Ahora era pobre; deambulaba con paso de viejo, con el capote desteñido por el sol y su gorra capacísima; deambulaba de tienda en tienda, de un conocido a otro, jugaba a las damas, holgazaneaba en el figón de Daeff, bebía un poco, se ponía chispa y locuaz: > «Somos buena gente: hemos bebido, hemos comido, hemos pagado la cuenta, ¡y a casa nos