«Debajo de este munumento se halla enterrado el cuerpof de el cindadano alesei vasilevitch Kaltzoff compositor y poeta de Voronezh premiado por la gresia del monarca un hombre sin letras enrriquecido por la naturaleça
Balashkin le explicaba el significado de las cosas y dejó grabada a fuego en el alma de Kuzma una profunda huella de su ser.
Viejo, gigantesco, enjuto, vestido verano e invierno con un gabán de campesino que se había vuelto verde con los años y una gorra con visera de invierno, de rostro enorme, afeitado y boca torcida, Balashkin resultaba casi aterrador con sus discursos maliciosos, su voz ronca de bajo senil, las cerdas plateadas y punzantes de sus mejillas y labios grises, y su ojo izquierdo verde, abultado, brillante y bizqueando hacia la dirección en la que tenía torcida la boca.
Y poco menos que se puso a ladrar un día ante el comentario de Kuzma sobre «la ilustración sin educación». Su ojo chispeó mientras apartaba de un manotazo su cigarro, que había liado con el tabaco barato encima de una lata que había contenido sardinas.
«¡Mandíbula de asno! ¿Qué estás mascullando? ¿Alguna vez has considerado lo que significa nuestra "ilustración sin educación"? ¡La muerte de Zadóvskaya; ese es su símbolo diabólico!».
—¿Pero y la muerte de Zhadóvskaya? —inquirió Kuzma.
Y Balashkin gritó enfurecido: «¿Lo habéis olvidado? La poetisa, una mujer rica, una aristócrata, pero se ahogó. ¿Lo habéis olvidado?». Y de nuevo agarró su cigarrillo y comenzó a rugir sordamente: «¡Dios misericordioso! Mataron a Pushkin, mataron a Lérmontov, ahogaron a Písarev. Estrangularon a Ryléyev, condenaron a Poliezháev a las filas