Un día se despertó muy tarde y, sin sentir debilidad ni temblores en las piernas, se incorporó para tomar su té. El día estaba nublado, templado, y había caído mucha nieve. Syery pasó frente a la ventana, dejando sobre la nieve nueva las huellas de sus zapatos de corteza de abedul, salpicadas de pequeñas cruces. Los perros ovejeros corrían a su lado, olfateando sus faldones andrajosos. Y llevaba de la brida a un caballo alto, de un color bayo claro y sucio, horriblemente viejo y flaco, con los hombros rozados por la collera; tenía el lomo curvado hacia dentro y la cola fina y sucia. El caballo cojeaba de tres patas y arrastraba la cuarta, que estaba rota por debajo de la rodilla.
Entonces Kuzma recordó que dos días antes Tijón Ilitch había estado allí, y había dicho que le había ordenado a Syery que les diera un buen bocado a los perros —buscar y matar a un viejo caballo—; que Syery en otros tiempos se había dedicado a esa ocupación ocasionalmente —la compra de ganado muerto o sin valor por sus pieles—.
Le había ocurrido recientemente una desgracia a Syery, según había contado Tijón Ílich: al prepararse para matar a una yegua, Syery había olvidado trabarla —se había limitado a atarla y a girarle el hocico hacia un lado— y la yegua, en cuanto, persignándose, le había hundido el pequeño y fino cuchillo en la yugular, había emitido un grito y, gritando, se había abalanzado sobre su asesino, con los dientes amarillos al descubierto de dolor y furia, mientras chorros de sangre negra brotaba a borbotones sobre la nieve, y lo había perseguido durante mucho rato, exactamente como si hubiera sido un hombre, y lo habría alcanzado de no ser porque, «por suerte, la nieve era profunda».
Kuzma había quedado tan profundamente impresionado por este incidente que ahora, al mirar de reojo por la ventana, sintió que la