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nydus/The VillagePublic
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Table of Contents

I

A él y a Tijón les habían enseñado el abecedario y las cifras un vecino llamado Bielkin, cuyo oficio era fabricar chanclos de goma en moldes; pero se lo había enseñado porque nunca tenía trabajo —pues ¿qué demanda de chanclos podía haber en el Suburbio?— y porque siempre era agradable tirarle del pelo a alguien, y porque un hombre no puede sentarse para siempre en el talud de tierra junto a su choza absolutamente ocioso, con la cabeza despeinada gacha y expuesta al sol, sin hacer otra cosa que escupir en el polvo entre sus pies descalzos.

En la tienda de Matorín los hermanos habían aprendido con rapidez a leer y escribir, y Kuzma había empezado a sentirse atraído por los libritos que le daba el acordeonista, el viejo Balashkin, el excéntrico librepensador del bazar. ¿Pero qué oportunidad de leer había en la tienda? Matorín muy a menudo gritaba: «¡Te voy a dar un bofetón por esos libros tuyos, abominable pequeñajo!».

Aquello era una vieja historia; pero Kuzma deseaba recordar, asimismo, la moral del bazar. En el bazar había aprendido mucho de oprobioso. Allí a él y a su hermano les habían enseñado a mofarse de la pobreza de su madre, de que esta hubiera recurridos a la bebida, abandonada como estaba por sus hijos adolescentes. Allí una vez jugaron a la siguiente broma: todos los días, de camino a la biblioteca, el hijo del sastre Vítebski pasaba por la puerta de la tienda⁠: un judío de dieciséis años, de rostro pálido y grisáceo; un tipo terriblemente flaco, orejón, que usaba gafas y leía con ahínco mientras caminaba, con el libro pegado a los ojos. Así que arrojaron unos ladrillos y basura a la acera⁠, y el judío («¡ese sabio!») tropezó tan aparatosamente que se lastimó las rodillas, los codos y los dientes hasta sangrar. Entonces Kuzma se puso a escribir. Empezó un cuento sobre un mercader que, al pasar de noche en medio de una pavorosa tormenta por los bosques de Múrom, topó con un campamento de bandidos y fue degollado. Kuzma expuso fervorosamente sus observaciones y pensamientos al borde de la muerte, su dolor por su inicua vida, «cortada tan prematuramente». Pero el bazar le echó un jarro de agua fría sin piedad.

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