ventiscas y cuatro de chaparrones; donde para las necesidades más comunes de la naturaleza uno se veía obligado a ir al granero o al cobertizo de los cereales. Cuando el mal tiempo se instalaba, era necesario tapiar bien el salón y trasladarse al zaguán, para dormir allí todo el invierno, y cenar, y fumar, y pasar las largas noches a la luz de una penumbrosa lámpara de cocina, paseando de rincón a rincón, embozados en abrigo y gorra, que apenas lo protegían a uno del frío y del viento que soplaba por las rendijas. A veces sucedía que se olvidaban de renovar las existencias de queroseno, y Kuzma pasaba las horas del atardecer totalmente a oscuras; y a veces, por la noche, encendía un cabo de vela únicamente con el propósito de cenar sopa de patata y sémola de trigo caliente, que la Novia servía en silencio y con rostro severo.
“¿A dónde puedo ir?”, se decía Kuzma de vez en cuando.
En las inmediaciones solo había tres vecinos:
- la vieja princesa Shákova, que ni siquiera recibía al Mariscal de la Nobleza por considerarlo un maleducado;
- el gendarme retirado Zakrzhevsky, un hombre de una maldad hemorroidal y una estupidez vanidosa que no le habría permitido a Kuzmá cruzar su umbral; y,
- por último, un hidalgo llamado Basoff, un pequeño propietario rural que vivía en una choza de campesinos, se había casado con la disoluta viuda de un soldado y no sabía hablar de otra cosa que deleras de caballos y ganado.
El padre Piotr, el sacerdote de Kolodeza, de cuya parroquia dependía Durnovka, fue a visitar un día a Kuzma. Pero ni el uno ni el otro tuvieron deseos de continuar el conocimiento. Kuzma agasajó al sacerdote con algo que no pasaba de ser té, y el sacerdote rió áspera y torpemente al ver el samovar sobre la mesa. —¡Un hombre del samovar! ¡Magnífico! ¡Ya veo que usted no se parece en nada a su buen hermano, no es usted ostentoso en sus invitaciones!