Todas esas horas interminables mientras estuve congelado y, sin embargo, metido en un fuego vivo, por decirlo así, a causa de ese enjambre de bichos trepadores, esa misma pregunta sin respuesta no paraba de dar vueltas y más vueltas por mi cabeza cansada:
- ¿Cómo soporta la gente esta armadura miserable?
- ¿Cómo se han apañado para soportarla durante todas estas generaciones?
- ¿Cómo pueden dormir por la noche temiendo las torturas del día siguiente?
Cuando al fin llegó la mañana, yo me encontraba en un estado bastante lamentable: desmejorado, somnoliento, agotado por la falta de sueño; cansado de dar vueltas, famélico por el largo ayuno; deseando un baño y librarme de los bichos, y tullido por el reuma. ¿Y cómo le había ido a la de cuna noble, a la aristócrata titulada, la Demoiselle Alisande la Carteloise? Pues bien, estaba fresca como una ardilla; había dormido como un lirón; y en cuanto a un baño, probablemente ni ella ni ningún otro noble del país se había dado uno jamás, así que no lo echaba en de menos. Medida por los estándares modernos, aquella gente no era más que una panda de salvajes civilizados. Esta noble dama no mostró impaciencia por desayunar, y eso también huele a salvaje. En sus viajes, aquellos britanos estaban acostumbrados a los ayunos prolongados y sabían cómo soportarlos; y también cómo aprovisionarse contra posibles ayunos antes de partir, al estilo del indio y de la anaconda. Lo más seguro era que Sandy estuviera cargada para un trayecto de tres días.
Partimos antes del amanecer, Sandy montada y yo cojeando detrás. En media hora dimos con un grupo de criaturas pobres y andarientos que se habían reunido para reparar aquello que se consideraba un camino. Eran tan sumisos como los animales conmigo; y cuando propuse desayunar con ellos, se sintieron tanhalagados, tan abrumados por esa