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nydus/A Connecticut Yankee in King Arthur’s CourtPublic
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XXXIX. La pelea del yanqui con los caballeros

Como ven, allí estaba todo caballero que tuviera alguna ambición o algún sentido de casta; pues mi opinión sobre su orden no era ningún secreto, y así que esta era su oportunidad. Si ganaba mi combate contra sir Sagramor, otros tendrían derecho a retarme mientras yo estuviese dispuesto a responder.

Allí en nuestro extremo no había más que dos tiendas; una para mí, y otra para mis criados.

A la hora señalada el rey hizo una señal, y los heraldos, con sus tabardos, aparecieron y proclamaron los nombres de los combatientes y el motivo de la disputa.

Hubo una pausa, luego un vibrante toque de clarín, que era la señal para que saliéramos. Toda la multitud contuvo el aliento, y una ávida curiosidad brilló en todos los rostros.

Salió de su tienda el gran sir Sagramor, una imponente torre de hierro, majestuosa y rígida, con su enorme lanza erguida en el arcial y aferrada por su fuerte mano, el rostro y el pecho de su magnífico corcel acorazados en acero, su cuerpo cubierto de ricos arreos que casi arrastraban por el suelo⁠—oh, una estampa de lo más noble.

Se elevó un gran grito de bienvenida y admiración.

Y entonces salí. Pero no obtuve ninguna exclamación. Hubo un silencio dubitativo y elocuente por un momento, luego una gran ola de risas comenzó a barrer aquel mar humano, pero un toque de clarín de advertencia truncó su curso. Yo iba con el más sencillo y cómodo de los trajes de gimnasta —mallas color carne desde el cuello hasta los talones, con abullonados de seda azul en las ingles— y con la cabeza descubierta. Mi caballo no superaba el tamaño mediano, pero era vivaz, de extremidades esbeltas, musculado con muelles de reloj y un auténtico galgo para correr. Era una preciosidad, brillante como la seda y tan desnudo como cuando nació, a excepción de la brida y la silla vaquera.

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