supremacía inmerecida. Pero como hombres, a él y a sus nobles los menospreciaba, en privado. Y a ellos les caía bien yo, y respetaban mi cargo; pero como a un animal, sin alcurnia ni títulos de pega, me menospreciaban, y además sin molestarse en disimular demasiado. Yo no cobraba por mi opinión sobre ellos, y ellos no cobraban por su opinión sobre mí: la cuenta estaba saldada, los libros cuadrados, todo el mundo satisfecho.
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VIII. El Jefe
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