más ilustres de la cristiandad; y el hecho más grande de todos, el sol mismo de su brillante sistema estaba allí agazapado con la lanza en ristre, el punto focal de cuarenta mil ojos adoradores; y yo, enteramente solo, aquí estaba aguardándolo. Por mi mente cruzó la entrañable imagen de cierta operadora de West Hartford, y deseé que pudiera verme ahora. En ese momento, se vino abajo el Invencible, con la furia de un torbellino —el mundo cortesano se puso en pie y se inclinó hacia adelante—, los fatídicos anillos surcaron el aire en círculos, y antes de que pudieras pestañear ¡yo arrastraba a sir Lancelot por el campo de espaldas, y le tiraba besos con la mano a la tormenta de pañuelos ondeantes y al trueno de aplausos que me saludaba!
—Me dije a mí mismo, mientras enrollaba mi lazo y lo colgaba en el arbolito de la silla, y me sentía allí borracho de gloria—: «La victoria es perfecta; ningún otro se atreverá contra mí; la caballería andante