dividida, de modo que pudiera cabalgar y dejar que los faldones pendieran a cada lado. Iba en busca del Grial, y era el atuendo perfecto para ello, además. Habría dado mucho por ese abrigo largo, pero ya era demasiado tarde para andar con rodeos.
El sol acababa de salir, el rey y la corte en pleno estaban allí para despedirme y desearme suerte; así que no habría sido de buena educación demorarme.
Uno no se sube al caballo por su propia cuenta; no, si lo intentara se llevaría una desilusión. A uno lo cargan, tal como cargan a un hombre insolado hasta la botica, y lo sientan encima, y lo ayudan a acomodarse, y le ajustan los pies en los estribos; y durante todo ese tiempo uno se siente tan extraño, atiborrado y como si fuera otra persona—como alguien que se hubiera casado de repente, o al que le hubiera caído un rayo, o algo por el estilo, y todavía no volviera en sí, y estuviera medio aturdido, sin lograr ubicarse del todo.