que estaba tejido o de punto (tenía partes zurcidas), y nada en él tenía el color ni la forma correctos; y en cuanto a las proporciones, ni el mismísimo Rafael las habría chapuceado de manera más formidable, después de toda su práctica con esas pesadillas que llaman sus «célebres cartones de Hampton Court». Rafael era un tipo curioso. Teníamos varias de sus estampas; una era su Pesca milagrosa, donde obra un milagro de su cosecha propia: mete a tres hombres en una canoa que no habría aguantado ni a un perro sin volcar. Siempre me encantaba estudiar el arte de R., era tan fresco y poco convencional.
En el castillo no había ni siquiera una campanilla ni un tubo acústico. Tenía una gran cantidad de sirvientes, y los que estaban de servicio holgazaneaban en la antesala; y cuando quería a uno de ellos tenía que ir a llamarlo. No había gas, no había velas; una fuente de bronce medio llena de mantequilla de pensión con un trapo ardiendo flotando en ella era lo que producía lo que se consideraba luz. Un montón de estas colgaban de las paredes y modificaban la oscuridad, apenas la suavizaban lo suficiente como para hacerla lúgubre. Si salías de noche, tus sirvientes llevaban antorchas. No había libros, plumas, papel ni tinta, y tampoco cristal en las aberturas que consideraban ventanas. Es una pequeñez —el cristal lo es— hasta que falta, y entonces se convierte en algo enorme. Pero tal vez lo peor de todo era que no había azúcar, café, té ni tabaco. Vi que no era más que otro Robinson Crusoe naufragado en una isla desierta, sin más compañía que unos animales más o menos mansos, y que si quería hacer la vida llevadera tenía que hacer como él: inventar, idear, crear, reorganizar las cosas; poner el cerebro y la mano a trabajar, y mantenerlos ocupados.