permitía entrar en sus recintos sin un permiso especial, ya que le temía a la Iglesia.
Lo primero que había hecho fue fundar una fábrica de maestros y un montón de escuelas dominicales; como resultado, ahora tenía en esos lugares un admirable sistema de escuelas graduadas a todo vapor, y también una variada gama de congregaciones protestantes, todas en un estado próspero y de crecimiento.
Todo el mundo podía ser la clase de cristiano que quisiera; en ese asunto había absoluta libertad. Pero limité la enseñanza religiosa pública a las iglesias y a las escuelas dominicales, sin permitir nada de eso en mis otros edificios educativos.
Podría haberle dado preferencia a mi propia secta y haber vuelto presbiteriano a todo el mundo sin ningún problema, pero eso habría sido contravenir una ley de la naturaleza humana: las necesidades e instintos espirituales son tan diversos en la familia humana como los apetitos físicos, las tez y los rasgos, y el hombre solo da lo mejor de sí, moralmente, cuando está provisto del hábito religioso cuyo color, forma y talla se adaptan con mayor precisión a la complexión espiritual, las angulosidades y la estatura del individuo que lo viste; y, además, le temía a una Iglesia unida; constituye un poder inmenso, el más inmenso que pueda concebirse, y luego, cuando tarde o temprano cae en manos egoístas, como siempre está destinada a hacerlo, significa la muerte de la libertad humana y la parálisis del pensamiento humano.
Todas las minas eran propiedad de la Corona, y había una buena cantidad de ellas. Antiguamente se habían explotado como los salvajes explotan siempre las minas: agujeros cavados en la tierra y el mineral sacado a mano en sacos de piel, a razón de una tonelada al día; pero yo había empezado a poner la minería sobre una base científica tan pronto como pude.