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nydus/A Connecticut Yankee in King Arthur’s CourtPublic
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XXI. Los Peregrinos

Si alguien mencionare a un ermitaño de una clase que juzgue nueva y que no se halle sino en alguna tierra lejana y extraña, no tiene sino que rascar entre los agujeros y cuevas y ciénagas que bordean aquel Valle de la Santidad, y sea cual fuere su casta, da igual, hallará una muestra de ella allí”.

Me arrimé a un tipo fornido, de cara gorda y bonachona, con la intención de mostrarme simpático y recoger alguna que otra migaja de información; pero apenas hube entablado conversación con él, cuando comenzó con impaciencia y torpeza a encaminar las cosas, a la usanza inmemorial, hacia aquella misma vieja anécdota: la que me contó sir Dinadan, allá cuando me metí en líos con sir Sagramor y este me retó por ello.

Me excusé y me pasé a la cola de la procesión, con el corazón apesadumbrado, dispuesto a marcharme de esta vida atribulada, de este valle de lágrimas, de este breve día de descanso interrumpido, de nubes y tormentas, de fatigosos combates y monótonas derrotas; y aun así receloso del cambio, al recordar lo larga que es la eternidad y cuántos han emprendido el viaje hacia allá que ya conocen esa anécdota.

Temprano por la tarde alcanzamos a otra procesión de peregrinos; pero en esta no había alegría, ni bromas, ni risas, ni maneras juguetonas, ni ningún vértigo feliz, ya fuera de la juventud o de la vejez.

Sin embargo, ambos estaban aquí, tanto la vejez como la juventud; ancianos y ancianas de cabellos grises, hombres y mujeres fuertes de mediana edad, jóvenes esposos, jóvenes esposas, niños y niñas pequeños, y tres bebés de pecho.

Hasta los niños estaban sin sonrisa; no había un solo rostro entre toda esta cincuentena de personas que no estuviera abatido y que no luciera esa expresión fija de desesperanza que nace de pruebas largas y duras y de una vieja familiaridad con la desesperación.

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