CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/A Connecticut Yankee in King Arthur’s CourtPublic
Página 204 de 452
Table of Contents

XXII. La fuente sagrada

Estaba tan impresionado con esto que a veces, cuando empezaba a descargarme una de estas oraciones, adoptaba inconscientemente la actitud misma de la reverencia y me quedaba descubierto; y si las palabras hubiesen sido agua, me habría ahogado, sin duda. Tenía exactamente el modo alemán; cualquier cosa que tuviera en mente expresar, ya fuera un simple comentario, o un sermón, o una enciclopedia, o la historia de una guerra, se las apañaba para meterla en una sola oración o moría en el intento. Siempre que el alemán literario se sumerge en una oración, eso es lo último que vas a saber de él hasta que emerge al otro lado de su Atlántico con el verbo en la boca.

Fuimos de ermitaño en ermitaño durante toda la tarde. Era una casa de fieras de lo más extraña. La principal emulación entre ellos parecía consistir en ver quién se las apañaba para estar más sucio y más próspero en alimañas. Sus modales y posturas eran la máxima expresión de la autosuficiencia santurrona. El orgullo de un anacoreta consistía en tumbarse desnudo en el lodo y dejar que los insectos lo picaran y le ampollaran la piel sin molestarlos; el de otro, en recostarse contra una roca, todo el día, a la vista de la admiración de la multitud de peregrinos y rezar; el de otro, en ir desnudo y arrastrarse a cuatro patas; el de otro, en arrastrar consigo, año tras año, ochenta libras de hierro; el de otro, en no tumbarse jamás al dormir, sino en mantenerse de pie entre los zarzales y roncar cuando había peregrinos alrededor para mirar; una mujer, que tenía el cabello blanco de la edad y ninguna otra vestimenta, estaba negra de la coronilla a los talones a causa de cuarenta y siete años de santa abstinencia de agua. Grupos de peregrinos absortos rodeaban a todos y cada uno de estos extraños especímenes, perdidos en una reverente maravilla y envidiosos

204