Orígenes de la civilización
La Mesa Redonda no tardó en enterarse del desafío y, por supuesto, se discutió bastante, pues esas cosas interesaban a los muchachos.
El rey pensó que yo debía partir ahora en busca de aventuras, para así ganar renombre y ser más digno de encontrarme a sir Sagramor cuando hubieran transcurrido los diversos años.
Me excusé por el momento; dije que todavía me tomaría tres o cuatro años dejar las cosas bien arregladas y marchando sin tropiezos; entonces estaría listo; lo más probable era que al cabo de ese tiempo sir Sagramor aún anduviera por ahí buscando el grial, de modo que no se perdería un tiempo valioso por el aplazamiento; para entonces yo llevaría seis o siete años en el cargo, y creía que mi sistema y mi maquinaria estarían tan bien desarrollados que podría tomarme unas vacaciones sin que ello causara ningún daño.
Me daba por bastante satisfecho con lo que ya había logrado. En varios rincones y escondites tranquilos tenía en marcha los comienzos de toda clase de industrias: los núcleos de futuras y vastas fábricas, los misioneros del hierro y del acero de mi futura civilización. En ellos se reunían las mentes jóvenes más brillantes que pude encontrar, y mantenía agentes recorriendo el país en busca de más, todo el tiempo. Estaba entrenando a una multitud de ignorantes para convertirlos en expertos: expertos en toda clase de trabajos manuales y vocaciones científicas. Estos viveros míos marchaban sin tropiezos y en privado, sin ser molestados en sus oscuros retiros campestres, pues a nadie se le