“Y así cabalgaron y llegaron a un profundo valle lleno de piedras, y cerca de allí vieron un hermoso arroyo de agua; más arriba estaba el nacimiento del arroyo, una hermosa fuente, y tres doncellas sentadas junto a ella. En esta tierra —dijo sir Marhaus— nunca vino caballero desde que fue cristianizado, sin que encontrara extrañas aventuras—”
—Esto no es de buena educación, Alisande. Sir Marhaus, el hijo del rey de Irlanda, habla como todos los demás; deberías ponerle acento, o al menos un taco característico; de este modo uno lo reconocería en cuanto hablara, sin necesidad de que lo nombren jamás. Es un recurso literario habitual entre los grandes autores. Deberías hacerle decir: «En este país, be jabers, jamás vino caballero desde que fue bautizado, que no hallara extrañas aventuras, be jabers». Ya ves cuánto mejor suena eso.
“—jamás caballero topó con extrañas aventuras, by jabers. A fe mía que así es en verdad, noble señor, por más que resulte harto difícil de decir, si bien tal vez aquello no tarde en cobrar mayor soltura con el uso. Y entonces cabalgaron hacia las doncellas, y se saludaron mutuamente, y la mayor llevaba una guirnalda de oro alrededor de la cabeza, y tenía sesenta inviernos de edad o más—”
“¿La doncella era?”
“Aun así, querido señor —y su cabello era blanco bajo la guirnalda—”
“Dientes de celuloide, nueve dólares la dentadura, con toda probabilidad; de esos que bailan, que suben y bajan como un rastrillo de fortaleza cuando comes, y se te caen cuando te ríes”.
“La segunda doncella era de treinta inviernos de edad, con una diadema de oro alrededor de la cabeza. La tercera doncella no tenía más que quince años de edad—”
¡Oleadas de pensamientos vinieron rodando sobre mi alma, y la voz se desvaneció de mi oído!