“Estos bastan; deja el resto”.
¡Así que aún había más! Era un efecto magnífico. Yo no habría jugado mejor la mano ni por mí mismo.
A partir de ahí, la señora acumuló sorpresas con un ímpetu que disparó el asombro general a ciento cincuenta a la sombra y, al mismo tiempo, paralizó su expresión hasta reducirla a jadeantes «ohs» y «ahs», y mudos levantamientos de manos y ojos.
Trajo vajilla —nueva y en abundancia—; nuevas copas de madera y otros enseres de mesa; y cerveza, pescado, pollo, un ganso, huevos, rosbif, cordero asado, un jamón, unlechoncito asado y una abundancia de auténtico pan blanco de trigo.
En términos generales, aquel banquete dejaba a la sombra, con creces, cualquier cosa que aquella turba hubiera visto jamás. Y mientras se quedaban allí sentados, sencillamente estupefactos de asombro y reverencia, agité la mano como por descuido, y el hijo del tendero emergió de la nada y dijo que venía a cobrar.
“Está bien”, dije con indiferencia.
“¿De cuánto es? danos el desglose”.
Luego leyó esta cuenta, mientras aquellos tres hombres asombrados escuchaban, y serenas olas de satisfacción inundaron mi alma mientras olas encontradas de terror y admiración se levantaban sobre la de Marco:
Él se detuvo.
Reinó un silencio pálido y espantoso.
- Ni un miembro se inmutó.
- Ni una fosa nasal delató el paso del aliento.