Estas cabezas inclinadas y juntas, estos rostros embelesados, estas miradas expresivas: ¡qué hermosos son para mí! Pues, ¿no era esto mi adorado ser, y no era todo este mudo asombro, interés y homenaje un tributo de lo más elocuente y un cumplido espontáneo hacia él?
Suppi, entonces, lo que siente una madre cuando otras mujeres, ya sean extrañas o amigas, toman a su bebé recién nacido y lo rodean con un impulso febril, e inclinan sus cabezas sobre él en una adoración extasiada que hace que el resto del universo desaparezca de su conciencia y sea como si no existiera, durante ese tiempo.
Supe lo que ella siente, y que no hay ninguna otra ambición satisfecha, ya sea de rey, conquistador o poeta, que jamás llegue a la mitad de esa cima serena y lejana, ni proporcione ni la mitad de un contentamiento tan divino.
Durante toda el resto de la sesión espiritista mi papel viajó de grupo en grupo por todo lo largo, lo ancho y lo hondo de aquel enorme salón, y mi feliz mirada lo vigilaba siempre, y yo me sentaba inmóvil, empapado de satisfacción, ebrio de gozo. Sí, esto era el cielo; lo estaba probando por una vez, aunque jamás volviera a probarlo.