criatura, es la mejor, pues todos confiesan que, cuando una cabra está madura, su pelaje se calienta y enciende sobremanera su carne, defecto el cual, tomado en relación con sus varios hábitos rancios, y appetitos repulsivos, y actitudes mentales impías, y su cualidad biliosa de costumbres—”
Se levantaron y se fueron contra nosotros! Con un grito feroz: «¡El uno nos traicionaría, el otro está loco! ¡Mátenlos! ¡Mátenlos!», se abalanzaron sobre nosotros. ¡Qué alegría brilló en los ojos del rey! Podría ser un zoquete en la agricultura, pero este tipo de cosas eran exactamente lo suyo. Llevaba mucho tiempo en ayunas, estaba hambriento de pelea. Le propinó al herrero un golpe seco bajo la barbilla que lo levantó del suelo por completo y lo dejó tendido de espaldas. «¡San Jorge por Bretaña!», y derribó al carpintero de rueda. El albañil era grande, pero yo lo dejé planchado en un abrir y cerrar de ojos. Los tres se levantaron y volvieron a la carga; volvieron a caer; volvieron a la carga; y siguieron repitiendo esto, con nativo valor británico, hasta quedar molidos como una pulpa, tambaleándose de agotamiento y tan ciegos que ya no podían distinguirnos el uno del otro; y aun así continuaron, golpeando con las fuerzas que les quedaban. Dándose golpes entre ellos—pues nos hicimos a un lado y miramos mientras rodaban, forcejeaban, metían los dedos en los ojos, golpeaban y mordían, con la estricta y silenciosa atención al trabajo de otros tantos bulldogs. Miramos sin temor, pues pronto empezarían a perder la capacidad de ir en busca de ayuda contra nosotros, y la arena estaba lo suficientemente lejos del camino público como para estar a salvo de intrusos.
Bien, mientras se iban consumiendo poco a poco, de repente se me ocurrió preguntarme qué había sido de Marco. Miré a mi alrededor; no se le veía por ninguna parte. ¡Vaya, pero esto era de mal agüero! Le tiré de la manga al rey, nos deslizamos fuera de allí y corrimos hacia la choza. ¡No estaba Marco allí, no estaba Phyllis allí! Se habían ido al