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nydus/A Connecticut Yankee in King Arthur’s CourtPublic
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VII. La torre de Merlín

verde de envidia y malicia, lo cual fue una gran satisfacción para mí. Pero había una cosa que no podía entender: nadie había pedido un autógrafo. Se lo comenté a Clarence. ¡Caramba! Tuve que explicarle lo que era. Entonces dijo que en todo el país nadie sabía leer ni escribir, salvo unas pocas docenas de sacerdotes. ¡Válgame! Piénsese en eso.

Había otra cosa que me preocupaba un poco. Aquellas multitudes pronto empezaron a agitarse pidiendo otro milagro. Eso era natural. Poder llevar de vuelta a sus lejanos hogares la jactancia de haber visto al hombre que podía ordenar al sol, cabalgando en los cielos, y ser obedecido, los haría grandes a los ojos de sus vecinos, y envidiados por todos ellos; pero poder decir también que habían presenciado cómo obraba un milagro ellos mismos⁠—¡vaya!, la gente vendría desde lejos para verlos. La presión llegó a ser bastante fuerte. Iba a haber un eclipse de luna, y yo sabía la fecha y la hora, pero estaba demasiado lejos. Dos años. Habría dado mucho por tener autorización para adelantarlo y usarlo ahora, cuando había un gran mercado para él. Parecía una lástima que se desperdiciara de ese modo, y que llegara rezagado en un momento en que uno, con toda probabilidad, no le daría ningún uso. Si hubiera estado programado para dentro de solo un mes, habría podido vender a la baja; pero, tal como estaban las cosas, no logré calcular ninguna manera de sacarle provecho, así que renuncié a intentarlo. A continuación, Clarence descubrió que el viejo Merlín andaba atareado a escondidas entre aquella gente. Estaba corriendo el rumor de que yo era un farsante, y que la razón por la cual no complacía a la gente con un milagro era porque no podía. Vi que tenía que hacer algo. Pronto ideé un plan.

En virtud de mi autoridad como ejecutivo, arrojé a Merlín a la prisión; la misma celda que yo mismo había ocupado. Luego di aviso público mediante heraldos y trompetas de que estaría ocupado con asuntos de estado durante quince días, pero hacia el final de ese tiempo me tomaría un momento de ocio y haría volar la torre de piedra de Merlín con fuego del cielo; entretanto, aquel que prestara oídos a malos informes sobre mí, que se atuviera a las consecuencias.

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