Eran esclavos. Unas cadenas se extendían desde sus pies grillados y sus manos con esposas hasta un cinturón de suela de cuero alrededor de la cintura; y todos, excepto los niños, también estaban unidos en fila a una distancia de seis pies unos de otros, mediante una sola cadena que iba de collar a collar a lo largo de toda la línea.
Iban a pie, y habían marchado trescientas millas en dieciocho días, con las obras y sobras más baratas de comida, y raciones escasas de esta. Habían dormido con estas cadenas todas las noches, amontonados como cerdos.
Llevaban en sus cuerpos algunos harapos pobres, pero no se podía decir que estuvieran vestidos. Sus hierros les habían rozado la piel de los tobillos y provocado llagas ulceradas y llenas de gusanos. Sus pies desnudos estaban desgarrados, y ninguno caminaba sin renguear. Originalmente había habido un centenar de estos desdichados, pero cerca de la mitad habían sido vendidos en el trayecto.
El mercader al mando de ellos iba a caballo y llevaba una fusta de mango corto y una larga y pesada correa dividida en varias colas con nudos en el extremo. Con esta fusta golpeaba los hombros de cualquiera que vacilara por el cansancio y el dolor, y los enderezaba. No hablaba; la fusta transmitía su voluntad sin necesidad de palabras.
Ninguna de estas pobres criaturas levantó la vista mientras pasábamos a caballo; no mostraban conciencia de nuestra presencia.
Y no emitían más sonido que uno; ese era el sordo y espantoso tintineo de sus cadenas de un extremo al otro de la larga fila, mientras cuarenta y tres pies cargados se alzaban y caían al unísono.
La fila avanzaba en una nube creada por ella misma.
Todas estas caras estaban grises por una capa de polvo.