célebres, y emprendió la marcha de inmediato. Me deslicé por la puerta trasera, eché la llave, me la guardé en el bolsillo y me puse en camino, riéndome para mis adentros y muy a gusto.
Vaya, lo había vuelto a echar a perder, había cometido otro error. Uno doble, de hecho.
Había muchas maneras de librarse de aquel oficial mediante algún ardid sencillo y plausible, pero no, tenía que elegir una pintoresca; es el defecto flagrante de mi carácter. Y luego, había planeado mi procedimiento basándome en lo que el oficial, al ser humano, haría de manera natural; mientras que, cuando uno menos se lo espera, un hombre va y hace de vez en lo mismo aquello que no es natural que haga.
Lo natural que habría hecho el oficial en este caso habría sido seguirme los talones; se habría encontrado con una sólida puerta de roble, firmemente cerrada con llave, entre él y yo; antes de que pudiera derribarla, yo ya estaría muy lejos y ocupado en ponerme una serie de desconcertantes disfraces que pronto me harían vestir una indumentaria que era una protección más segura contra los entrometidos perros de la ley en Gran Bretaña que cualquier cantidad de pura inocencia e integridad de carácter.
Pero en vez de hacer lo natural, el oficial me tomó la palabra y siguió mis instrucciones. Y así, cuando salí trotando de aquel callejón sin salida, lleno de satisfacción por mi propia astucia, él dobló la esquina y fui a parar directo a sus esposas.
Si hubiera sabido que era un callejón sin salida; sin embargo, no hay excusa para un error así, déjalo estar. Anótalo a pérdidas y ganancias.