Había considerado un trabajo suficientemente difícil reducir el estilo de un rey al de un campesino, aun cuando él era un alumno dispuesto y deseoso; ¡pues bien, emprender la reducción del estilo de un rey al de un esclavo —y por la fuerza—, vamos! era un contrato imponente. No os preocupéis por los detalles; me ahorrará molestias dejar que os los imaginéis. Solo señalaré que al cabo de una semana había sobradas pruebas de que el látigo, la porra y el puño habían hecho bien su trabajo; el cuerpo del rey era digno de verse —y de llorar sobre él—; ¿pero su espíritu? —pues bien, ¡ni se había inmutado!
Hasta ese lerdo y zafio capataz fue capaz de ver que puede existir algo como un esclavo que seguirá siendo un hombre hasta que muera; al que le puedes romper los huesos, pero al que no le puedes arrebatar la hombría.
Este hombre descubrió que, desde su primer intento hasta el último, jamás pudo acercarse al rey, sino que el rey estaba listo para lanzarse contra él, y lo hizo.
Así que al final se dio por vencido, y dejó al rey en posesión de su estilo intacto.
El hecho es que el rey era mucho más que un rey, era un hombre; y cuando un hombre es un hombre, no hay forma de arrancárselo.
Lo pasamos mal durante un mes, vagando de aquí para allá por la tierra, y sufriendo. ¿Y qué inglés era el más interesado en la cuestión de la esclavitud por entonces? ¡Su gracia el rey! Sí; de ser el más indiferente, se había vuelto el más interesado. Se había convertido en el más acérrimo enemigo de la institución que jamás le hubiera oído hablar a nadie.