Pues bien, no podía haber estampa más satisfecha ni más cómoda que la de Sir Launcelot con su noble armadura, sentado con graciosa serenidad al cabo de una pipa de arcilla blanca de caña larga. Era un hombre hermoso, un hombre encantador, y había nacido precisamente para hacer felices a una esposa y a unos hijos. Pero, por supuesto, Ginebra... en fin, no sirve de nada llorar por lo hecho que ya no tiene remedio.
Pues hizo guardia conmigo, turno tras turno, de manera ininterrumpida, durante tres días y tres noches, hasta que la niña estuvo fuera de peligro; luego la tomó en sus grandes brazos y la besó, con sus penachos cayendo sobre la dorada cabecita de ella, para después depositarla con delicadeza de nuevo en el regazo de Sandy y emprender su elegante marcha pasillo abajo, entre las filas de admirados hombres de armas y criados, desapareciendo así de vista.
¡Y ningún instinto me advirtió que jamás volvería a mirarlo en este mundo! Dios, qué mundo de desconsuelo es este.
Los médicos dijeron que debíamos llevarnos a la niña, si queríamos que recuperara la salud y la fuerza. Y necesitaba aire de mar.
Así que tomamos un buque de guerra, con un séquito de dos y doscientas personas, y salimos a navegar; al cabo de quince días de esto desembarcamos en la costa francesa, y a los médicos les pareció que sería una buena idea instalarnos allí por un tiempo.
El pequeño rey de aquella región nos ofreció su hospitalidad, y aceptamos con gusto. Si hubiera tenido tantas comodidades como las que le faltaban, habríamos estado de lo más cómodos; tal como estaban las cosas, nos apañamos muy bien en su viejo y estrafalario castillo, con la ayuda de las comodidades y lujos traídos del barco.