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nydus/A Connecticut Yankee in King Arthur’s CourtPublic
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XI. El yanqui en busca de aventuras

vuelve de nuevo a girar sobre sí mismo por espacio de medio círculo, y acaeciendo este prodigio una y otra vez y todavía otra, os pesará haber pensado por vanidades de la mente en contrariar y anular la voluntad de Aquel que no otorga a un castillo una dirección desde un lugar a menos que le plazca, y si no le plazca, querrá más bien que aun todos los castillos y todas las direcciones hacia ellos desvanezcan de la tierra, dejando los parajes donde moraban desolados y vacíos, advirtiendo así a Sus criaturas de que donde Él quiere, quiere, y donde Él no quiere, no⁠—”

—Oh, está bien, está bien, déjalo ya; no te preocupes por la dirección, que le den a la dirección⁠—pido perdón, pido mil perdones, hoy no me encuentro bien; no prestes atención cuando hablo solo, es una vieja costumbre, una vieja y mala costumbre, y difícil de quitarse de encima cuando uno tiene la digestión completamente desorganizada por comer alimentos que fueron criados por los siglos de los siglos antes de que él naciera; ¡santo Dios! un hombre no puede mantener sus funciones regulares con pollitos de primavera de hace mil tres cientos años.

Pero vamos⁠—no te preocupes por eso; vamos a⁠—¿tienes por ahí algo así como un mapa de esa región? Ahora bien, un buen mapa⁠—

—¿Es por ventura aquella suerte de cosas que últimamente los infidentes han traído de allende los grandes mares, la cual, cocida en aceite y añadiéndole una cebolla y sal, hace—

—¿Qué, un mapa? ¿De qué estás hablando? ¿No sabes lo que es un mapa? Vaya, vaya, no importa, no me expliques nada; odio las explicaciones; nublan las cosas de tal manera que ya no se entiende nada de nada. Anda, vete, querida; buenos días; muéstrale el camino, Clarence.

Oh, pues, ahora era bastante evidente por qué estos tontos no les exigían detalles a estos embusteros.

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