“¡Oh, es un derroche! Puede que no lo sea, hermano, puede que no lo sea. Considera la enormidad de la suma—”
“¡Que le den al volumen de la suma! Procura estarte callado un momento, y mira cómo parecería; no hay quien meta baza, hablas tanto. Deberías curarte eso, Marco; no es de buena educación, ya sabes, y se te va a convertir en un vicio si no lo frenas.
Sí, entraremos aquí ahora a tasar las cosas de este hombre, y no te olvides de acordarte de no dejar ver a Jones que sabes que él tuvo algo que ver con esto. No te haces idea de lo extrañamente sensible y orgulloso que es.
Es un granjero —un granjero bastante bien situado— y yo soy su capataz; pero... ¡la imaginación de ese hombre! Vaya, a veces, cuando se olvida de sí mismo y se pone a fanfarronear, pensarías que es uno de los potentados de la tierra; y podrías escucharle cien años sin tomarlo nunca por un granjero —especialmente si habla de agricultura.
Se cree que es un granjero de mil demonios; se cree que es el no va más; pero entre tú y yo en privado, no sabe más de agricultura que de gobernar un reino; aun así, de lo que sea que hable, tienes que abrir bien la boca y escuchar, como si nunca antes en toda tu vida hubieras oído una sabiduría tan increíble y temieras morirte antes de hartarte de ella. Eso le agradará a Jones”.
A Marco le hizo gracia hasta el tuétano enterarse de un personaje tan estrambótico; pero también lo preparó para los imprevistos; y, según mi experiencia, cuando viajas con un rey que finge ser otra persona y no logra recordarlo ni la mitad de las veces, nunca se toman demasiadas precauciones.