después de eso, todavía alcanzábamos a distinguir el lamento moribundo de aquellos chillidos lejanos. ¿Y el marido y padre, con su esposa y su hijo arrebatados, para no volver a ser vistos por él jamás en la vida?—bueno, la expresión de su rostro era insoportable, y por eso aparté la mirada; pero supe que jamás sacaría su imagen de mi mente, y ahí sigue hasta el día de hoy, para desgarrarme el alma cada vez que lo pienso.
Nos alojamos en la posada de un pueblo justo al anochecer, y cuando me levanté a la mañana siguiente y miré hacia afuera, advertí que venía un caballero cabalgando en la gloria dorada del nuevo día, y lo reconocí como uno de mis caballeros: sir Ozana el de la Fiera Entereza.
Estaba en el ramo de artículos para caballeros, y su especialidad misionera eran los sombreros de copa. Venía cubierto de acero, con la armadura más hermosa de la época, hasta donde debería haber estado su yelmo; pero no llevaba ningún yelmo, sino un brillante sombrero de chimenea, y era un espectáculo tan ridículo como uno pudiera desear ver.
Era otro de mis planes encubiertos para extinguir la caballería haciéndola grotesca y absurda. La silla de montar de sir Ozana pendía de cajas de sombreros de cuero, y cada vez que vencía a un caballero andante, lo juramentaba a mi servicio, le encajaba un sombrero de copa y lo obligaba a usarlo.
Me vestí y bajé corriendo para dar la bienvenida a sir Ozana y saber sus noticias.
—¿Cómo va el comercio? —le pregunté.
«Notaréis que no me quedan más que estos cuatro; mas eran dieciséis cuando salí de Camelot».
—Vaya, ciertamente lo habéis hecho de forma noble, sir Ozana. ¿Dónde habéis estado forrajeando últimamente?