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nydus/A Connecticut Yankee in King Arthur’s CourtPublic
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XXXIV. El yanqui y el rey vendidos como esclavos

camino en busca de ayuda, sin duda. Le dije al rey que les pusiera alas a los talones y que ya le explicaría más tarde. Avanzamos a buen ritmo por el terreno despejado, y al meternos raudos en el refugio del bosque, miré hacia atrás y vi a una turba de campesinos agitados aparecer en masa, con Marco y su mujer a la cabeza. Armaban muchísimo escándalo, pero eso no podía hacerle daño a nadie; el bosque era espeso, y en cuanto nos adentráramos bien en sus profundidades, subiríamos a un árbol y que silbasen. ¡Ah, pero entonces llegó otro sonido: perros! Sí, eso era harina de otro costal. Complicaba nuestra misión: teníamos que encontrar agua corriente.

Avanzamos a buen paso, y pronto dejamos los ruidos muy atrás y convertidos en un murmullo.

Topamos con un arroyo y nos metimos de un salto.

Lo vadeamos rápidamente corriente abajo, bajo la penumbra del bosque, durante al menos trescientos metros, y entonces dimos con un roble cuya gran rama sobresalía por encima del agua. Nos trepamos a esta rama y empezamos a avanzar por ella hacia el tronco del árbol; en ese momento comenzamos a oír esos ruidos con más claridad; así que la turba había dado con nuestro rastro.

  • Durante un rato los sonidos se acercaron bastante deprisa.
  • Y luego, durante otro rato, no lo hicieron.

Sin duda los perros habían encontrado el lugar donde habíamos entrado al arroyo, y ahora andaban de un lado para otro por las orillas tratando de retomar el rastro.

Cuando estuvimos cómodamente instalados en el árbol y cubiertos por el follaje como con cortinas, el rey quedó satisfecho, pero yo tenía mis

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