“Habéis oído el desafío. ¡Aceptadlo, o os declaro caballeros cobardes y vencidos, a todos y cada uno!”
Era un “farol”, ya sabes. En un momento así, lo más sensato es poner cara de valiente y jugar tu mano por cien veces lo que vale; cuarenta y nueve veces de cada cincuenta nadie se atreve a “ver” la apuesta, y te llevas las fichas. ¡Pero justo esta vez—bueno, la cosa pintaba fea! En un abrir y cerrar de ojos, quinientos caballeros se metieron en sus sillas de montar, y antes de que pudieras pestañear una desparramada caballada se puso en marcha y cargó al galope contra mí. Saqué las dos pistolas de las cartucheras y empecé a calcular distancias y medir probabilidades.
¡Pum! Una silla vacía. ¡Pum! Otra. ¡Pum, pum!, y abatí a dos. Bueno, nos jugábamos el todo por el todo, y lo sabía. Si gastaba el undécimo disparo sin convencer a esta gente, el duodécimo hombre me mataría, sin duda. Y por eso nunca me sentí tan feliz como cuando mi novena bala derribó a su hombre y percibí en la multitud la vacilación que presagia el pánico. Un instante perdido ahora podría arruinar mi última oportunidad. Pero no lo perdí. Levanté ambos revólveres y los apunté; la hueste detenida se mantuvo firme apenas durante un buen momento decisivo, y luego rompió filas y huyó.
El día era mío. La caballería andante era una institución condenada al fracaso. La marcha de la civilización había comenzado. ¿Cómo me sentía? Ah, jamás podrías imaginarlo.
¿Y el hermano Merlín? Sus acciones volvían a estar por los suelos. De algún modo, cada vez que la magia de zarandajas medía sus fuerzas con la magia de la ciencia, la magia de zarandajas salía perdiendo.