Un terrible apuro
¿Dormir? Era imposible. Naturalmente habría sido imposible en aquella pestilente caverna que era la cárcel, con su sarnosa turba de bribones borrachos, pendencieros y cantores. Pero lo que hacía que el sueño fuera algo aún menos concebible era mi abrasadora impaciencia por salir de aquel lugar y averiguar la verdadera magnitud de lo que pudiera haber ocurrido allá en el barrio de los esclavos a consecuencia de aquel intolerable fracaso mío.
Fue una larga noche, pero la mañana llegó por fin.
Hice una explicación plena y sincera ante el tribunal. Dije que era un esclavo, propiedad del gran conde Grip, quien había llegado poco después del anochecer a la posada del Tabard, en el pueblo al otro lado del agua, y se había detenido allí a pasar la noche por la fuerza, al haber caído mortalmente enfermo con un trastorno extraño y repentino.
Se me había ordenado cruzar a la ciudad con toda prisa y traer al mejor médico; yo estaba haciendo lo posible; naturalmente corría con todas mis fuerzas; la noche era oscura, tropecé con esta persona vulgar de aquí, quien me agarró por el cuello y comenzó a golpearme, a pesar de que le conté mi recado y le supliqué, por mor del peligro mortal del gran conde, mi amo—
El hombre del pueblo interrumpió y dijo que era mentira; y se disponía a explicar cómo me abalancé sobre él y lo ataqué sin decir una palabra—
“¡Silencio, bellaco!”, desde la corte.