El cuento de Sandy
—Y así es como soy propietario de algunos caballeros —dije mientras cabalgábamos—. Quién iba a suponer que llegaría a vivir para contabilizar activos de esa clase. No sabré qué hacer con ellos, a menos que los rifey. ¿Cuántos son, Sandy?
“Siete, por favor, señor, y sus escuderos”.
“Es un buen botín. ¿Quiénes son? ¿Dónde se juntan?”
“¿Dónde se juntan?”
“Sí, ¿dónde viven?”
“Ah, no te había entendido. Eso te lo diré al instante”.
Luego dijo meditabunda y suavemente, saboreando las palabras delicadamente en la lengua:
“Cuélganse ellos—cuélganse ellos—dónde cuelgan—dónde se cuelgan; eh, bien es verdad; dónde se cuelgan. A fe mía que la frase posee una gracia hermosa y cautivadora, y además está primorosamente compuesta. La repetiré una y otra vez en mis ocios, mediante lo cual podré tal vez aprenderla. Dónde se cuelgan. ¡Así es! ya me sale con soltura de la lengua, y por cuanto que—”
“No te olvides de los vaqueros, Sandy.”
¿«Vaqueros»?