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nydus/A Connecticut Yankee in King Arthur’s CourtPublic
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XXXIX. La pelea del yanqui con los caballeros

La torre de hierro y la espléndida colcha vinieron dando pesada pero graciosamente piruetas por las listas, y nosotros corrimos ligeros a su encuentro. Nos detuvimos; la torre saludó, yo respondí; luego dimos la vuelta y cabalgamos hombro con hombro hasta la tribuna principal, nos situamos frente a nuestro rey y nuestra reina, y les hicimos una reverencia. La reina exclamó:

«¡Válgame, señor jefe, vas a luchar desnudo, y sin lanza ni espada o...»

Pero el rey la detuvo y le dio a entender, con un par de frases cortas y educadas, que aquello no era asunto suyo.

Las trompetas volvieron a sonar; y nos separamos, cabalgamos hacia los extremos de la liza y tomamos posiciones. En eso, el viejo Merlín hizo su aparición y tejió una delicada red de hilos de gasa sobre sir Sagramor, lo cual lo convirtió en el fantasma de Hamlet; el rey hizo una señal, las trompetas tocaron, sir Sagramor empuñó su gran lanza y al instante siguiente ahí venía, atronando la pista con su velo ondeando a sus espaldas, mientras yo surcaba el aire silbando como una flecha para salir a su encuentro⁠ —afinando el oído al mismo tiempo, como si notara la posición y el progreso del caballero invisible por el sonido y no por la vista.

Un coro de gritos de aliento estalló para él, y una voz valiente lanzó una palabra de ánimo para mí⁠: dijo:

“¡Tú puedes, largirucho!”

Era una apuesta segura que Clarence había conseguido aquel favor para mí, y proporcionado el lenguaje también. Cuando aquella formidable punta de lanza estuvo a vara y media de mi pecho, aparté a mi caballo sin esfuerzo, y el gran caballero pasó de largo, fallando el golpe por completo. Me llevé muchos aplausos esta vez. Dimos la vuelta, tomamos impulso, y allá fuimos de nuevo. Otro fallo para el caballero, un

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