direcciones ocupando los huecos cercanos y lejanos, y entonces comenzó a contar la historia del caso. Y había piedad en su voz—¡cuán raras veces se oía un sonido semejante en aquella tierra ignorante y salvaje! Recuerdo cada detalle de lo que dijo, excepto las palabras con las que lo dijo; y por eso lo transformo a mis propias palabras:
“La ley tiene el propósito de impartir justicia. A veces fracasa. Esto es inevitable. Solo podemos afligirnos, y resignarnos, y rezar por el alma de aquel que cae injustamente por el brazo de la ley, y que sus semejantes sean pocos. Una ley envía a esta pobre jovencita a la muerte, y es correcto. ¡Pero otra ley la había colocado donde debía cometer su crimen o morir de hambre con su hijo, y ante Dios esa ley es responsable tanto de su crimen como de su muerte ignominiosa!”
“Hace poco tiempo esta joven criatura, esta muchacha de dieciocho años, era una esposa y madre tan feliz como cualquier otra en Inglaterra; y sus labios bullían de canciones, que son el idioma natal de los corazones alegres e inocentes.
Su joven esposo era tan feliz como ella; pues cumplía con todo su deber, trabajaba de sol a sol en su oficio, su pan era un pan honrado, ganado bien y justamente, era próspero, brindaba refugio y sustento a su familia, y aportaba su grano de arena a la riqueza de la nación.
¡Por el consentimiento de una ley traicionera, la destrucción instantánea cayó sobre este santo hogar y lo arrasó! aquel joven esposo fue emboscado, reclutado a la fuerza y enviado al mar. La esposa no sabía nada de ello. Ella lo buscó por todas partes, conmovió a los corazones más duros con las súplicas de sus lágrimas, con la elocuencia quebrada de su desesperación.