No era porque un torneo fuese un gran acontecimiento, no era porque sir Sagramor hubiese encontrado el Santo Grial, pues no lo había hecho, sino que había fracasado; no era porque el segundo personaje (oficial) del reino fuese uno de los duelistas; no, todos estos rasgos eran corrientes.
Sin embargo, había sobradas razones para el extraordinario interés que este combate venía suscitando.
Nacía del hecho de que toda la nación sabía que aquello no iba a ser un duelo entre meros hombres, por decirlo así, sino un duelo entre dos poderosos magos; un duelo no de músculos, sino de mente, no de destreza humana, sino de arte y artificio sobrehumanos; una lucha definitiva por la supremacía entre los dos mayores encantadores de la época.
Se comprendía que las más prodigiosas hazañas de los caballeros más renombrados no podían ser dignas de comparación con un espectáculo como aquel; no podían ser sino un juego de niños, en contraste con esta misteriosa y terrible batalla de dioses.
Sí, todo el mundo sabía que iba a ser en realidad un duelo entre Merlín y yo, una medida de sus poderes mágicos contra los míos.
Se sabía que Merlín se había pasado días y días enteros y noches enteras imbuyendo las armas y la armadura de sir Sagramor con poderes sobrenaturales de ataque y defensa, y que le había conseguido de los espíritus del aire un velo vaporoso que volvería al portador invisible para su antagonista, aunque seguiría siendo visible para los demás hombres. Contra sir Sagramor, así armado y protegido, mil caballeros no habrían podido lograr nada; contra él ningún encantamiento conocido podía prevalecer.