donde habíamos empezado, sin haber avanzado ni una sola vara de terreno real. La agarré por fin de la cola y me la llevé a rastras mientras chillaba. Cuando alcancé a Sandy, estaba horrorizada y dijo que era sumamente poco delicado arrastrar a una condesa de la cola.
Llevamos los cerdos a casa justo al oscurecer; la mayoría de ellos. Faltaba la princesa Nerovens de Morganore y dos de sus damas de compañía: a saber, la señorita Angela Bohun y la Demoiselle Elaine Courtemains; la primera de estas dos era una cerdita negra con una mancha blanca en la frente, y la segunda, una de color marrón con patas delgadas y una ligera renguera en la caña delantera del lado de estribor; un par de las ampollas más fastidiosas de arrear que jamás haya visto. Entre los desaparecidos también había varias simples baronesas, y yo quería que siguieran desaparecidas; pero no, toda esa carne de salchicha tenía que ser encontrada; así que se envió a sirvientes con antorchas a peinar los bosques y las colinas con ese fin.
Por supuesto, toda la manada estaba alojada en la casa y, ¡cáspita!, bueno, jamás vi nada igual. Ni escuché jamás nada igual. Ni olí jamás nada igual. Era como una insurrección en un gasómetro.