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nydus/A Connecticut Yankee in King Arthur’s CourtPublic
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XXVII. El yanqui y el rey viajan de incógnito

Era una cabeza sabia. La gorra de un campesino no era un disfraz seguro para ella; uno habría podido reconocer la de un rey bajo una campana de buzo, con solo oírla poner a trabajar su intelecto.

Tenía un nuevo oficio ahora, y muchísimo trabajo en él. El rey estaba tan hambriento por averiguar todo lo que iba a suceder durante los siguientes trece siglos como si esperase vivir en ellos. A partir de ese momento, me quedé calvo de tanto profetizar para intentar abastecer la demanda. He cometido algunas indiscreciones en mi vida, pero esto de hacerme pasar por profeta fue lo peor.

Aun así, tenía sus compensaciones. Un profeta no necesita tener cerebro. Desde luego, es bueno tenerlo para las exigencias ordinarias de la vida, pero no sirve para nada en el trabajo profesional. Es la vocación más descansada que existe. Cuando el espíritu de profecía se apodera de ti, simplemente coges tu intelecto y lo dejas en un lugar fresco para que descanse, descuelgas la mandíbula y la dejas en paz; funcionará sola: el resultado es la profecía.

Cada día aparecía por allí algún caballero andante, y la visión de todos ellos encendía el espíritu marcial del rey una y otra vez. Seguro que se habría olvidado de sí mismo y les habría dicho algo en un tono un tanto peligrosamente por encima de su supuesta condición, así que yo siempre lo apartaba bien del camino a tiempo.

Entonces se quedaba de pie mirando con los ojos bien abiertos; y un brillo orgulloso brotaba de ellos, y se le hinchaban las fosas nasales como las de un corcel de batalla, y yo sabía que estaba deseando medirse con ellos.

Pero hacia el mediodía del tercer día me había detenido en el camino para tomar una precaución que me había sugerido el latigazo que me había tocado en suerte dos días antes; una precaución que después había decidido no tomar, de tanta repugnancia que me daba instaurarla; pero

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