«¡Firmes en vuestros puestos, muchachos! ¡Abran fuego!»
Las trece ametralladoras Gatling comenzaron a vomitar muerte sobre los diez mil fados.
Se detuvieron, resistieron un momento contra aquel diluvio de fuego devastador, luego se rompieron, dieron media vuelta y se abalanzaron hacia la zanja como paja ante el vendaval.
Una cuarta parte entera de sus fuerzas jamás llegó a la cima del elevado terraplén; las tres cuartas partes llegaron y se precipitaron —hacia una muerte por ahogamiento.
A los diez minutos escasos de haber abierto fuego, la resistencia armada fue totalmente aniquilada, la campaña había terminado, nosotros cincuenta y cuatro éramos los amos de Inglaterra. Veinticinco mil hombres yacían muertos a nuestro alrededor.
¡Pero cuán traicionera es la fortuna! Al poco rato —digamos que una hora— sucedió algo, por culpa mía, que—pero no tengo el corazón para escribir eso. Que el registro termine aquí.