No había que perder ni un momento. Fui derecho hacia ellos. Los pasé a galope tendido, y al pasar les solté un insulto de trece articulaciones, capaz de erizar los cabellos y abrasar el alma, que hacía que el esfuerzo del rey pareciera pobre y baratija en comparación. Lo saqué del siglo diecinueve, donde saben cómo se hace. Llevaban tal ímpetu que estaban casi encima del rey antes de poder detenerse; entonces, frenéticos de rabia, pusieron a sus caballos sobre las patas traseras y los hicieron girar, y al momento siguiente ahí venían, pecho con pecho. Yo estaba a setenta yardas de distancia, entonces, y trepando por un gran peñasco al borde del camino. Cuando estaban a treinta yardas de mí, inclinaron sus largas lanzas hasta ponerlas horizontales, agacharon sus cabezas encorazadas y así, con los penachos de crin de caballo ondeando rectos hacia atrás, de lo más galantes a la vista, ¡este expreso relámpago vino corriendo hacia mí! Cuando estaban a quince yardas, envié esa bomba con puntería certera, y chocó contra el suelo justo bajo las narices de los caballos.
Sí, fue algo pulcro, muy pulcro y bonito de ver. Se parecía a la explosión de