cumplir salvo mis muchachos de West Point. De eso se habría debido encargar antes de que me fuera; pues el rey estaba tan encandilado con la idea de un ejército permanente que no pudo esperar, sino que tuvo que ponerse a ello de inmediato y armar un plan de examen tan bueno como pudo inventar por su cuenta.
Ardía en impaciencia por ver qué era aquello; y por mostrar también cuán superior era el que yo presentaría al Tribunal Examinador.
Se lo insinué, con sutileza, al rey, y eso encendió su curiosidad.
Cuando el Tribunal estuvo reunido, le seguí; y detrás de nosotros venían los candidatos. Uno de estos candidatos era un brillante joven alumno mío de West Point, y con él venían un par de mis profesores de West Point.
Cuando vi la Junta, no sabía si llorar o reír. ¡El jefe de ella era el oficial conocido por los siglos posteriores como Norroy Rey de Armas! Los otros dos miembros eran jefes de oficinas en su departamento; y los tres eran sacerdotes, por supuesto; todos los funcionarios que tenían que saber leer y escribir eran sacerdotes.
Mi candidato fue llamado primero, por cortesía hacia mí, y el presidente del tribunal lo abordó con oficial solemnidad:
¿Nombre?
“Mal-estar.”
“¿Hijo de?”
“Webster.”
“Webster—Webster. M’m—mi—la memoria me falla para recordar el nombre. ¿Condición?”