No encontré rastro de vida en las sombrías calles. Fui tanteando el camino con el corazón apesadumbrado. El vasto castillo se recortaba negro sobre la colina, sin una sola chispa visible a su alrededor. El puente levadizo estaba bajado, la gran puerta abierta de par en par, entré sin que nadie me diera el alto, y mis propios talones producían el único sonido que escuchaba—y era lo bastante sepulcral, en aquellos enormes patios desiertos.
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XLI. El entredicho
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