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nydus/A Connecticut Yankee in King Arthur’s CourtPublic
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XXXIX. La pelea del yanqui con los caballeros

“¡Otra! ¡otra!”

Me preguntaba de dónde habrían sacado la palabra, pero no había tiempo para andarse con divagaciones filológicas, porque todo el panal de la caballería andante era ahora un hervidero y mis perspectivas de negocio no podían ser mejores. En cuanto me soltaron el lazo y ayudaron a sir Sagramor a llegar a su tienda, recogí la cuerda floja, tomé posiciones y comencé a voltear el lazo alrededor de mi cabeza de nuevo. Estaba seguro de que me serviría tan pronto como pudieran elegir un sucesor para sir Sagramor, y eso no podía tardar mucho habiendo tantos candidatos hambrientos. En efecto, eligieron a uno de inmediato: sir Hervis de Revel.

¡Bzz! Ahí venía, hecho un demonio; lo esquivé: pasó como un rayo, con mis rizos de crin acomodándose alrededor de su cuello; un segundo más tarde, ¡fst!, su silla quedó vacía.

Conseguí otro bis; y otro, y otro, y aún otro más. Cuando hube sacado de combate a cinco hombres mediante el lazo, la situación empezó a parecer seria para los acorazados, así que se detuvieron y consultaron entre ellos. Como resultado, decidieron que era hora de prescindir de la etiqueta y enviar contra mí a su mejor y más grande adalid. Para asombro de aquel mundillo, enlacé a Sir Lamorak de Galis, y después de él a Sir Galahad. ¡Así que ya veis que ahora no había absolutamente nada que hacer, sino jugar su carta maestra⁠—sacar a relucir al más soberbio de los soberbios, al más poderoso de los poderosos, al gran Sir Launcelot en persona!

¿Un momento de orgullo para mí? Ya lo creo. Allá estaba Arturo, rey de Bretaña; allá estaba Ginebra; sí, y enteras tribus de pequeños reyes provinciales y reyezuelos; y en el campamento de tiendas de campaña, renombrados caballeros de muchas tierras; y asimismo el cuerpo más selecto conocido por la caballería, los Caballeros de la Tabla Redonda, los

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